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29 de marzo de 2010

InvitaLe, un poco de literatura

De mis tiempos de hampón juvenil -y qué niño no lo ha sido de algún modo- he rescatado para ustedes algún fragmento un tanto más literario que el ordinario biográfico, por la carga ficticia y el devenir escrito que le he deparado. Se trata de un hecho siempre fantaseado, aunque jamás llevado a concreción ni por mí ni por ningún otro segundón como yo (yo tercerón, en realidad), que, como yo también, pretendían el renombre (la fama y gloria) y los emolumentos que conceden el liderazgo de un grupo tal.
He aquí lo urdido.

Retiro oportuno
La idea coronó a Gerardo de guapo y le dio la oportunidad de retirarse de la parte sucia del negocio. Rápidamente tejió la estratagema del final, cuando las caras encontradas irían a estrellarse en violentas miradas y sacó el revólver y le destrozó la geta, porque primero lo hizo darse vuelta y quedó mirando el hueco donde ingresó la bala; y después vio la cara contra el piso. La vio porque sabía cómo quedaban las heridas de bala del lado por el que huía el disparo: la carne abierta en pétalos como una rosa de fuego espeso, vomitando todo ese magma sangre, y debajo, los huesos astillados, macerados, constituyéndose en carne y savia de esos pétalos y el tallo de aquella flor. Entonces sí ya estaba hecho: muerto el gran jefe no habría quién lo persiguiera; entonces sí: salir del negocio sucio. Lo que esperaba ahora era una vida más tranquila, sobre todo sin tener que ensuciarse las manos con pequeños ni grandes trabajos. El lugar disponible del jefe es suyo y él no tiene por qué ensuciarse las manos. Y entonces sentarse y esperar, mientras los bolsillos se le llenan de dinero, sucio, sí, pero no de mugre suya. Sin embargo ha llegado el momento del otro, el suyo: las caras encontradas y rabiosas, el revólver reluciente y antiguo, ahora presente contra la lívida luz de la lámpara y contra su nuca… la carne y savia… y del otro lado la flor contra el suelo y de pie el nuevo jefe… siempre y cuando tuviera el valor de sacar y disparar el revólver.

Diego R. Godoy

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